Gerontología - Universidad Maimónides

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Acerca del amor después de los 50

Quejas, estrategias, pánico, salidas, juicios y prejuicios

Se sabe: el folklore de los sentimientos conserva el mito de que en el libro de la vida, junto al nombre de cada persona hay un espacio para ser completado con el nombre de con quién le correspondería estar por el resto de sus días. En otras palabras, el hombre o la mujer de su vida.

La Nación
Lunes 16 de febrero de 2009

Pero a veces Cupido tropieza con alguna nube y las cosas del amor no funcionan como se quiere. Igual la vida, en su elástica generosidad, da otra oportunidad. También existe otro mito que señala que, después de los 50 años, la oportunidad de conocer a la media naranja viaja en un colectivo de recorrido cada vez más pausado y laberíntico.

"Después de los 50 años, los hombres, si estuvieron casados hasta hace poco, se vuelven locos por las mujeres, tratando de recuperar el tiempo perdido: corren tras sus secretarias o persiguen a las mozas y no paran de usar todas las herramientas de las que disponen para seducir. Son una verdadera pesadilla", analiza María Parmiggiani, que estuvo casada dos veces y tiene 52 años. "A las mujeres de más de 40 las marginan. Las estudian: si tienen panza, arrugas, buena cola, si son divertidas, independientes, inteligentes y sexualmente atractivas. Siempre están tomando exámenes. La mujer de más de 40 es una marginada."

Opina parecido otra mayor de 50, Diana Williams. Casi con indignación, ella sostiene: "A nuestra edad los hombres nos categorizan como veteranas, que es muy feo. Una se siente horrible, sobre todo por estar considerada así por hombres de edad similar. Para ellos soy grande, jovata... Si una acepta este maltrato, también cultural, debe aceptar otra cosa espantosa: que nuestro target sean los viejitos de 70 años, recicladores. Encima, los viejitos salvadores buscan chicas de 35 y hasta de menos edad. Al final, para ellos también es complicado porque son abandonados por su joven novia que se escapa con su personal trainer".

Pero no todos los hombres opinan así: "La corta edad no es garantía de nada ?asegura Adrián Fonseca, de 62 años?. Lo interesante no es la juventud, sino el estado mental y físico de la mujer. Por más que la tendencia actual imponga tiránicamente que lo joven es mejor, a mí me gusta la gente de mi edad. No podría estar con alguien de 25 que ignore la música que disfruto, los autores que leo y releo y que, seguro, jamás vio ni verá las películas que amo y reveo. Se aburriría conmigo y yo con ella. Creo en eso que dicen en el campo argentino: La gallina más vieja es con la que se hace el mejor caldo".
Alma gamofóbica

Así, muchos hombres y mujeres quizás opinen como Charles Lamb en un poema de 1821: "Me gustaría detenerme en la edad que tengo, perpetuarnos, mis amigos, mi amor y yo".

Después de los 50 uno es como es. Como Rafael Avella, de 51 años, separado, que prefiere ser frontal desde el vamos con las mujeres que conoce, y es parte de su estrategia para caer bien: "Le digo que tengo una hija por la que muero, que no hablo de mi ex y soy una buena persona, trabajador y muy manso, aunque no me gusta que me vuelvan loco, que me paseo en calzoncillos por mi casa y que me gusta salir con mis amigos una vez por semana. Esa es mi vida tal cual la vivo, le aclaro. Si le gusta, adelante..." Y a Avella le fue bien: está en pareja hace un par de años.

Norma Vallejos, divorciada con tres hijos, todavía no encontró a su hombre ideal, aunque tuvo citas a ciegas, fue a bailar tango, salsa y otros ritmos latinos. "Conocí muchos hombres con los que salí a tomar un café. No voy a decir que no hay hombres, pero enseguida desaparecen. Hay un rechazo a formar una relación seria. Es muy difícil encontrar un alma gemela, pero es muy fácil encontrar gente sin alma."

O, por lo menos, sería fácil encontrar gente con el síndrome de la gamofobia, el pánico a contraer relación parecida a la matrimonial.

No es el caso de Ezequiel Grecco, de 56 años, aunque suele pasar que no vuelva a llamar a sus citas. "Cuando me separé, mis amigos casados, en combinación con sus mujeres, trataron de presentarme amigas. Conocí las mujeres más monas, divertidas, inteligentes y de las mejores familias. Pero ninguna me convenció lo suficiente. Notaba en ellas demasiado pilates y muy pocas neuronas, aparte de hablarme desaforadamente de las operaciones, de los ex, de los hijos y de las mucamas. Algunas estaban tan operadas que tuve la sensación, en alguna oportunidad, de estar saliendo con Michael Jackson. Actualmente, para conocer mujeres voy a bares. Buenos Aires está lleno de gente que quiere conocer gente y es el lugar del mundo donde se concentra la gente más linda. Hay que revisar y seguir viendo hasta que aparezca mi amor", sintetiza, optimista.

Por su parte, Roberto Segovia, peluquero de 55 años, separado, posee un direccionario oral que sería la envidia de más de un picaflor o de uno de esos solterones que a toda costa quiere llegar al corazón de alguna mujer. Para conocer gente aconseja darse una vuelta after office a dos sitios sobre Perú al 400. También aconseja bailar tango en La Viruta, en la calle Armenia, y pasar por los tablaos de la Avenida de Mayo, los bingos barriales, el casino del Tigre, algunos pocos bares de Avenida del Libertador, el wine-bar de Libertad entre Arenales y avenida Santa Fe y, ya como último recurso, las reuniones exclusivas para solos y solas.
Máximas para la felicidad

Para un tema tan serio como el amor, nada mejor que recurrir a la opinión de un humorista como Groucho Marx que, en su autobiografía Groucho y yo, comenta: "No niego que incluso las personas espantosas se casan (tómeme a mi por ejemplo), pero la mayoría de los jóvenes se casan porque sienten avidez por esa sublime experiencia sexual que han acariciado en su subconsciente desde que iban a la escuela, alimentada por sus amigos, por las películas y por las novelas baratas... Creo, sin embargo, que el verdadero amor aparece sólo cuando se han amortiguado las primeras llamaradas de la pasión y quedan sólo las ascuas. Este es el verdadero amor, que guarda sólo una relación remota con el sexo. Sus partes integrantes son la paciencia, el perdón, la comprensión mutua y una gran tolerancia hacia los defectos ajenos. Creo que ésta es una base mucho más firme para la perpetuación de un matrimonio feliz".

Claro, cuando uno se casa no lo tenía previsto: atribuyen a George B. Shaw aquello de que cuando dos personas están bajo la influencia "de la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de las pasiones, se les pide que juren que permanecerán continuamente en esa condición excitada, anormal y agotadora hasta que la muerte los separe".

En fin, es hacer esto o comprarse una cámara digital o practicar yoga.

Alejandro Schang Viton

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1100145