Los padres y sus miedos
Una entrevista para animarse a pensar las cosas desde otro punto de vista.
¿Alguna vez pensó en lo útil que sería tener un manual que lo oriente a la hora de elegir el modo de criar a sus hijos? Entre Padres conversó con el Licenciado en Psicología JAVIER FERNANDEZ MOUJAN acerca de las dificultades que surgen en el vínculo entre padres e hijos. Un artículo para padres que se preguntan cómo educar a los hijos, cómo acercárseles, cuáles son las opciones para comunicarse con ellos, cómo establecer límites, etc.
Javier Fernández Mouján*, Licenciado en Psicología, nos contó cómo se configura el rol de los padres en la sociedad argentina del s.XXI. Durante la charla, Fernández Mouján se dedicó especialmente a tratar la comunicación entre padres e hijos adolescentes, los miedos más recurrentes de los papás, las reglas, los límites y la autoridad, el rol de la escuela, la intervención de los medios, etc. Una visión interesante para reflexionar sobre el vínculo con los hijos.
Padres, hijos y comunicación: un contacto explosivo.
Hay padres que no le tienen miedo a nada: porque tienen cierta formación o les gusta improvisar, adentrarse en la aventura de la vida y la incertidumbre con los hijos. No creo que esos padres necesiten consejos.
Pero si usted se pregunta una y otra vez cómo hablar con su hijo o no entiende su “idioma”… le aconsejaría que evite copiarlo… porque a ningún hijo le gusta darse cuenta de que sus padres están utilizando la estrategia de imitarlos para acercarse.
Los padres que se asustan con los cambios, que niegan el crecimiento de los hijos y son los últimos en enterarse de todo, apelan, en general, a modos de vinculación contraproducentes: siguen comunicándose como si sus hijos todavía fueran chicos, controlan las tareas escolares, utilizan los regalos para acercarse, les organizan el tiempo libre o actúan como chicos para congraciarse.
Los padres con miedo, desinformados, suelen situarse en dos extremos para relacionarse con sus hijos: hiper-amigos o autoritarios. Son padres que le temen a no saber comunicarse, a quedar como antiguos, desinformados y hasta autoritarios.
¿El malo de la película?
Si lográramos que los padres entendieran que los límites son una manera de querer y tratar bien a los hijos, y no una actitud asfixiante, represora y coartadora de la libertad y la creatividad, quedarían liberados de sentirse “los malos de la película”. Porque limitar es querer, es estar presente, hacerse cargo.
Creo que la sociedad argentina está en un momento ideal para aprender este tipo de cosas. En Cromañon había cientos de pibes cuyos padres no sabían cuándo o dónde estaban sus hijos. Lejos estoy de plantear un control constante y asfixiante, pero el saber mínimamente dónde están no convierte en verdugo a nadie, sino más bien en responsable.
En las reuniones de padres de la escuela, siempre hay uno o dos que están tratando de consensuar grupalmente la cuestión de los límites. Son los que siempre quedan como malos. Sus hijos les reclaman: “vos sos el único que no nos deja hacer tal cosa”. Estos padres se dan cuenta de que juntos se les hace más fácil y que, aún respetando las diferencias, organizarse en la puesta común de ciertos límites suele dar buenos resultados.
Yo creo que los años de autoritarismo que vivió nuestra sociedad marcaron a esta generación de padres con un gran miedo a volverse autoritarios. Un miedo que hace caer en el error de que la puesta de límites es equivalente al autoritarismo cuando, repito, el ponerse firmes en ciertas cosas es beneficioso y no dañino para los chicos.
Desde otra perspectiva, debe tenerse en cuenta que evadir el rol del “malo de la película” y la permisibilidad extrema les quita a los hijos la posibilidad de vivencia contenedora muy trascendente. Los límites y las reglas son también una forma de prepararse en casa – mediante la oposición a los padres – para cuando estén afuera y tengan que defender sus ideas, su trabajo… Los chicos necesitan esta oposición para aprender a canalizar su energía. Por ejemplo, doblar la ropa como modo de aprender a organizarse. Gestos que parecen ser pequeños y caseros pero que no generan mayor tensión y a la larga dan buenos resultados. Otro ejemplo serían los cartelitos en la heladera con mensajes del tipo “guarden las cosas cuando las usan”. El mensaje es el mismo, pero en este último caso se evita generalmente el enfrentamiento directo.
Tampoco hay que creer que los límites se ponen para que siempre sean cumplidos. A veces sólo sirven para dar un marco que les haga saber que no están cumpliendo: no da lo mismo incorporar la noción de trasgresión que decir: “total… a mí me dejan hacer cualquier cosa”.
Padres o superhéroes ¿qué modelos necesitan los chicos?
Hay adultos que no se animan a posicionarse como modelos frente a sus hijos. Otros creen que no pueden guiar a sus hijos poniéndoles límites, encuadrándolos. Les resulta una gran responsabilidad y los asustan las “facturas” que puedan pasarles en el futuro.
Pero en un mundo globalizado e informatizado en el que los medios tienen muchas veces más peso que la educación familiar y escolar, hay que poner mucho empeño para ganarle a todo ese bombardeo de información y lograr ser figura en vez de fondo.
Los miedos y las vergüenzas que surgen al ocupar el rol de padres valen la pena porque acomodarse, a la larga, tampoco resulta ni cómodo ni fácil.
En el caso de los padres separados, por ejemplo, los chicos la tienen muy clara y saben a cuál de los dos les cuesta más poner límites y juegan con eso. Este ejercicio de los chicos en sí mismo no es malo, pero lo ideal es que los padres se den cuenta de que se separaron como pareja y no como padres. Lograr acuerdos sobre algunas cuestiones como horarios, programas de tele, que ambos padres compartan el control sobre las tareas, etc. es fundamental para que los chicos sepan que existe un límite que, aunque flexible, es compartido.
Familia, escuela y medios: ¿quién educa a los hijos?
Hay papás que creen que es bueno no estar encima de los chicos y no advierten que a sus hijos los están educando también la tele, Internet o la escuela. Yo creo que es la familia la que tiene que establecer las reglas básicas y poner los límites en la vida cotidiana, sobre todo en la casa.
La escuela también tiene un papel que cumplir en lo que a reglas y límites se refiere. Pero no debe ni puede funcionar como un depósito o reemplazar a la familia porque, aunque sea con buena intención, los padres tienen que aprender a hacerse cargo en vez de delegarle la responsabilidad al colegio. Por su parte, el colegio tiene que ser claro y establecer únicamente los “limites escolares” sin interferir en la vida privada de los alumnos y de sus familias.
A su vez, es importante reconocer que los medios no tienen la función ni el propósito de educar a chicos. Por eso, dejar la educación en manos de los medios de comunicación es dejarla al azar. Cuando uno se repliega como padre y no asume las propias responsabilidades el espacio queda libre y es ocupado por intereses que no necesariamente son los mejores para los chicos.
Familia y nuevas tecnologías
El mundo está cambiando y la “nueva” comunicación brinda más alternativas para sumar al contacto cara a cara. Y… si existen otras vías de comunicación ¿por qué no aprovecharlas?
Los padres que no tienen mucho tiempo para sentarse a hablar con sus hijos o están lejos, pueden enviar un e-mails o chatear para compensar su ausencia. Estos medios facilitan en muchos casos un diálogo más jugado y contundente. Porque los mensajes importantes quedan ahí, pueden volver a ser leídos y analizados.
Los papás no deberían creer que éste es terreno ajeno, que sólo les pertenece a los chicos. Basta con recordar la comunicación epistolar de antaño a través de la cual familias enteras se mantenían informadas y en contacto permanente. Porque, aunque las cartas no reemplazaban al abrazo, la charla y el contacto directo, propiciaban espacios de comunicación alternativos que, en lugar de restar, sumaban.
Las nuevas tecnologías debilitan el contacto directo y vivencial pero proponen una comunicación más reflexiva y desinhibida.
En un mundo en el que muchos padres creen que si no pueden hacer las cosas perfectamente es mejor no hacerlas, estos trucos resultan útiles para compensar las carencias con pequeñas acciones y gestos. Si sumamos cada uno de estos gestos a lo largo de un período de dos meses, por ejemplo, la cantidad de puentes y mini acciones entre padres e hijos componen un gran cambio de actitud.
Para cerrar quisiera decirles a los padres que dicen “yo no aprendí a ser padre por mi historia y otras cosas”: Si usted usa la excusa de no haber aprendido a ser padre ¿Qué va a decir su hijo dentro de 10 o 20 años?
Esta nota ha sido publicada originalmente en educared
¿Los bebés necesitan límites?
Así como los bebés se aproximan, de a poquito y a partir de sus posibilidades que se van expandiendo, a la realidad a la vez simple y compleja en la que vivimos… propongo aproximarnos a esta pregunta con la suficiente tranquilidad como para ver sus múltiples significados, y así llegar a pensarla con mayor riqueza y profundidad.
¿Qué tipos de límites existen?
En esta aproximación a la pregunta, nos encontramos con que al hablar de límites -si bien seguramente nos vienen a la mente un cierto tipo de límites- no estamos hablando de algo uniforme.
Pensándolo desde cierto punto de vista –de la constitución del aparato psíquico psicoanalítico (ello, yo y superyó)-, podríamos diferenciar con bastante claridad dos tipos de límites:
a) Los que tienen que ver con el desarrollo del yo y el “principio de realidad”. Estos son los límites relacionados con cómo es la realidad: lo duro, lo blanco, lo frío, lo caliente, lo placentero, lo doloroso, el paso del tiempo, las formas, los colores y el espacio…
b) Los que tienen que ver con el desarrollo del superyó y el “principio del deber”. O sea, los que derivan de las prohibiciones, de las pautas, de las ideas de lo que está bien y lo que está mal que nos van enseñando, que vamos incorporando. Primero están afuera y después las vamos internalizando, y se refieren más que a la forma de la realidad, al deber ser de ésta para las personas en la sociedad en la que vivimos.
| Límites para el cuerpo
Si vamos más allá de estos límites que podemos llamar psicológicos, la respuesta a “la pregunta que inquieta” vuelve a cambiar. ¿A qué me refiero?, a que podemos incluir un tercer tipo de límites, que son los límites concretos: barandas que evitan caerse de cunas o cochecitos, brazos que sostienen y protegen, pechos o mamaderas que interrumpen la sensación dolorosa de hambre, ropa y mantitas que pueden –por presencia o ausencia- acotar la incomodidad por el frío o el calor excesivos, manos que con mimos y masajes calmen dolores diversos… Todos estos límites concretos, que tienen que ver con evitar sensaciones dolorosas –y aún con la más básica supervivencia-, cuando vamos creciendo adquieren otras formas y son deseables -y muchas veces nos podemos ocupar de ellos nosotros mismos-, pero para un bebé son imprescindibles y requieren de padres atentos a las necesidades de sus hijos.
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La realidad como límite
Está muy claro que un bebé al nacer se encuentra sí o sí con un infinito abanico de límites en cuanto a “la forma de la realidad”: que en determinado momento va a sentir hambre, cansancio, frío, dolor… límites a su existencia armoniosa y placentera, que parecía tan equilibrada y fluida durante la vida intrauterina.
Pero la verdad es que en un primer momento el bebé sí necesita que les proveamos de un mundo que haga de cuenta que esos límites no existen, o al menos que se los atenuemos lo más posible. La mamá como fuente de alimentos, de calor, de mimos, estará particularmente atenta y en sintonía con sus necesidades –en lo que algunos autores han llamado simbiosis normal, que favorece esa ilusión-; el papá estará favoreciendo que esa relación sea posible, protegiéndolos de diversas maneras, colaborando en que esa ilusion no se interrumpa abrupta ni prematuramente; las familias más amplias harán también lo suyo. Y así entre todos generarán una especie de útero psicológico, necesario para que exista una ilusión inicial que dará la confianza básica necesaria para encarar la separación posterior.
De a poco este útero irá dando lugar a frustraciones, a una desilusión fundamental para el desarrollo, ya que permite por un lado desarrollar la propia creatividad y por el otro tolerar la separación necesaria e inevitable de la madre –que con el correr de los años será una individuación cada vez mayor-. Estas frustraciones son como pequeños cortes de cordón, y se las suele equiparar con la función paterna.
Estamos hablando de que la mamá no estará siempre en el momento justo, que al bebé no se le podrán satisfacer sus necesidades siempre con el mismo nivel de sintonía perfecta, la mamá recuperará otras actividades (por ejemplo, trabajar), otros intereses (por ejemplo, su pareja), y el corte de ese cordón psicológico –o la salida de ese útero psicológico- irá decretando el fin de la simbiosis y una primera conciencia de separación yo-no yo. El momento crucial de este período es el destete.
Este límite, que se va dando solo, no sólo es necesario desde el punto de vista del desarrollo hacia la individuación, también los es en términos filosóficos –va a ocurrir necesariamente, más tarde o más temprano-.
Tarde o temprano la realidad nos va a frustrar, pero por suerte, gracias a la confianza básica obtenida a partir de la ilusión previa, vamos a estar preparados para tolerar esa frustración.
Los límites impuestos
Lo que no está tan claro y es muchas veces tema de discusión, es la puesta de límites en el otro sentido. Los límites que tienen que ver con enseñar el autocontrol, con lo que consideramos bueno o malo, esos que sí requieren de una determinación voluntaria de los padres y que en los tiempos que corren tanto cuesta poner.
El adulto que deja llorar en su cuna al pequeñito que aún no se acostumbra a la quietud y apertura del mundo para “no malcriarlo” y ganarle por cansancio –con el único beneficio de dormir más horas él mismo-, ¿es el mismo que después no puede regular los tiempos de televisión o computadora de sus hijos?, ¿el que teme quedar como “el malo de la película” con sus hijos adolescentes y entonces no se anima a ponerse firme para ayudarlos a crecer?, ¿el que cree que la escuela sola va a poder educar a chicos que están siendo inescrupulosamente invadidos por los medios (televisión, Internet, etcétera)?… A menudo sí. Porque estos límites, que nos ayudan a ser libres y sí son fundamentales a partir de unos meses después –su momento crucial será el control de esfínteres-, requieren coraje y responsabilidad… como todo verdadero acto de amor.
Si mantenemos la coherencia con respecto a lo que veníamos diciendo antes, es evidente que los bebés recién nacidos no sólo no necesitan de éstos –tienen suficiente con la “salida al mundo” y el corte de cordón biológico- sino que además necesitan de un período en el que parezca que el universo se acomoda a sus necesidades.
Que los adultos “pongamos límites” en este primer momento de la vida no sólo es ignorar las necesidades del bebé, también es renunciar -en beneficio de nuestra propia comodidad- al trabajo –placentero aunque de a ratos agotador – de ayudarlo a desarrollar confianza.
Autor:Javier Fernández Mouján
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