Gerontologia - Universidad Maimónides

Mayo 17, 2005

Cuando la medicina no puede curar pero cuida

no_puede_curar.jpgPara pacientes terminales existen respuestas más humanizadas y eficientes que las que suele ofrecer la tecnología.

Gustavo de Simone. Médico oncólogo. Jefe Departamento Docencia del Hospital Udaondo
Clarín
Martes | 17.05.2005

El modo de vivir —y el de morir— se ha modificado a lo largo de la historia de la humanidad, en relación con cambios sociales, culturales, científicos y económicos.
Reseña Phillipe Aries en su Historia de la muerte en Occidente las distintas posturas: desde la muerte domesticada del pasado remoto a la muerte negada del presente. En contraposición a la "muerte natural" del ayer (etapa final del proceso del vivir, libre de la intervención médica o científica, acaecida habitualmente en el propio hogar), hoy predomina la "muerte intervenida", modificación radical de aquel proceso, que significa a veces una verdadera "medicalización de la muerte" (propia del Occidente desarrollado y su "zona de influencia").
Hoy la muerte suele ocurrir en la sala aséptica del hospital, distanciada del quehacer cotidiano, donde el prójimo es el desconocido y el afecto cercano se encuentra alejado.
Los adelantos de la ciencia y de la técnica, unidos a una tendencia cultural a ocultar la realidad de una enfermedad incurable o terminal, y el escaso contacto con situaciones de muerte natural en la vida cotidiana nos presionan para reforzar una endeble y traicionera sensación de inmortalidad.
Cuando el canario mascota aparece muerto en su jaula, rápidamente compramos otro e inventamos historias para justificar el súbito cambio ante nuestros hijos; apartamos a los chicos cuando el abuelito fallece, como si la situación fuera impúdica para ellos. ¿No son estas situaciones cotidianas ejemplos proyectados de lo intolerable que resulta el morir para nosotros, los mayores?
Frente a la percepción profunda de la propia enfermedad terminal y tangible finitud, surge naturalmente una angustia y un temor que inunda nuestro ser (la figura de Jesucristo sudando sangre en el huerto de Getsemaní refleja esa angustia en los textos y la filmografía).
¿Cómo lo enfrentamos hoy? Una primera opción es reforzar un mecanismo de protección "periférico", buscando opciones que aseguren la curación, indagando sobre más y distintos procedimientos y terapéuticas médicas, tratando de fortalecer la autoestima con los valores que la sociedad sostiene: los consabidos "avances de la ciencia y de la técnica". Cada día se acerca más el final, y cada día tratamos de resistir más y más esa vivencia profunda de temor y ansiedad.
Vemos entonces que, a priori, la medicina de la ciencia y la técnica, del modelo médico-positivista y de la supremacía de la razón, tan valiosa y útil cuando la enfermedad se controla y se restablece la salud, no parece ayudar en la situación de enfermedad incurable, fase terminal y final cercano de la vida.
Los cuidados paliativos, surgidos como modalidad de abordaje específica para estas circunstancias y adoptados como especialidad en varios países del mundo, aportan a la medicina un caudal de nuevos conocimientos, habilidades y actitudes que resultan particularmente propicias para facilitar alivio y confort a quienes padecen sufrimiento asociado a una enfermedad incurable, ya sea propia o de un ser querido.
Para lograr esto, el primer paso es el tratamiento de los síntomas a través del alivio y confort físico (analgésicos, ansiolíticos y otros medicamentos, junto con medidas de cuidado corporal), de la apertura de canales apropiados de comunicación ("la verdad duele, pero el engaño duele mucho más", del soporte emocional y social (a través del equipo interdisciplinario), de la consideración de aspectos religiosos específicos (ritos). Es el trabajo en superficie.
A través de esa reducción del miedo y la creación de un ambiente de seguridad, el cuidado paliativo apropiado facilita a estos individuos comenzar a reducir sus resistencias para aceptar la presión natural de su ser hacia la conexión con la propia profundidad —el dominio espiritual— y su potencial de paz y de centralidad. Este trabajo doble, en la superficie y en la profundidad, se fundamenta en una consideración básica: "el modo como se realice puede conducir a los sitios más escondidos" (según señala la doctora Cecily Saunders, fundadora del movimiento de medicina paliativa u "hospice").
El trabajo profundo es también ayudar al paciente a conectarse con los aspectos más simples y cotidianos de la vida ("aquellas pequeñas cosas"). Para ello, es útil compartir recuerdos, permanecer un tiempo con las personas queridas, visitar lugares signi ficantes, observar viejas fotografías... Podemos descubrir canales que facilitan la integración de la profundidad del ser.
Esta estrategia suele ser suficiente para muchos, pero para algunos (los menos) es necesario una ayuda especializada para permitirles ir a la profundidad: se trata de intervenciones que comprometen la imaginación ("la imaginación es el lenguaje del mundo interno profundo"). Estas intervenciones que implican habilidades específicas abarcan imaginación, trabajo con sueños, arteterapia, musicoterapia, terapia biográfica y de recuerdos, terapias corporales (incluyendo masajes) y ciertas modalidades de meditación.
Como sostiene el médico y filósofo argentino José Alberto Mainetti, era necesaria una "mortificación de la medicina" en respuesta humilde y honesta a la "medicalización de la muerte". Así han surgido los cuidados paliativos, modalidad que facilita una respuesta humanizada y eficiente a la cantidad de personas que, en creciente expansión, están en riesgo de morir con sufrimiento no aliviado. Esta especialidad se desarrolla en varios hospitales e instituciones en el país, y desde este año se dispone de un programa de capacitación específico implementado en el ámbito del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a través de un plan de residencia postbásica para los profesionales. Hoy, la medicina ayuda a cuidar más allá de curar.

Publicado por Licenciatura en Gerontología el día: Mayo 17, 2005 03:06 PM