Gerontología - Universidad Maimónides

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Envejecer con dignidad

“El tiempo pasa, no vamos volviendo viejos…” ¿Será esto tan cierto? ¿Es el paso del tiempo el que inexorablemente marca la vejez? ¿Cuándo uno empieza a envejecer? ¿Es el reloj biológico el disparador de ese sentimiento que huele a muerte anticipada? O ¿es la sociedad quien plantea una imagen negativa de la vejez?

por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
joacorocha05@yahoo.com.ar

Es todo esto, pero, seguramente, se comienza a sentir la vejez en el mismo momento en que uno siente que está envejeciendo.

¿Qué es lo que produce ese temor que hasta llegar alcanzar la dimensión de una fobia?
La sociedad que licua los sentimientos y trasforma todo en espectáculo convierte en mercadería desechable a los hombres y mujeres, después de cierta edad. Ésta es una herida que no muchos pueden soportar. Los individuos cumplen con un rol social, este rol está dado por su propia circunstancia, pero también por las exigencias de la sociedad. La baja autoestima, la desvalorización y la ausencia de un sentido claro de la vida colaboran para que este miedo crezca y permanezca. Entonces, aparece, en el horizonte, el afán de prolongar la juventud indefinidamente. Dice la Dra. Graciela Zarebski, profesora del área de Gerontología de la Universidad Maimónides: El camino complicado es el que parece más sencillo: aspirar a parecer siempre jóvenes representa querer detener el tiempo o volver a épocas pasadas y adherir a un modelo social que enaltece la juventud eterna. Es una batalla perdida de antemano: lo que se desmiente o se oculta, tarde o temprano, reaparece. Cuanto más oculto, más siniestro el desenlace. Es recurrir a soluciones mágicas y rápidas, de alcance efímero: el resultado es la frustración permanentemente renovada.

Se intenta modificar la realidad, incapaz de aceptar un cuerpo que envejece, aunque el valor como persona permanezca intacto.
Seguir jóvenes físicamente es una manera de pertenecer, permanecer en el tiempo, contrariar el devenir de la vida.

La frustración también surge, ya lo señalaba Erikson, cuando no se ha logrado alcanzar satisfactoriamente la etapa de generatividad, dando lugar a un empobreciendo personal. Si bien este estadio de la vida está ligado a los procesos orgánicos, depende también de los procesos psíquicos que regulan el desarrollo de la personalidad y del poder moral del proceso social.
Las personas sienten que están viviendo una vida rutinaria sin poder cumplir sus expectativas. La monotonía ha invadido incluso el mundo del los afectos. Sienten que nunca han sido amados y que ni siquiera ellos lo han hecho. Perciben que la vida se les escapa de las manos y no soportan la idea de envejecer. Lo paradójico es que no pueden vivir en el presente una vida plena, por la angustia que les produce el sentir que no están consumando aquello que se habían proyectado y ven que sus sueños se desvanecen.

Cada uno envejece como vive. Se vive según el camino que cotidianamente se va construyendo. ¡Cuantas trabas se implantan en él!
Cada etapa de la vida tiene su propia razón de ser. Ninguna es mejor o peor que la otra. Todas forman parte de la historia personal, que estará más cerca de la felicidad, dependiendo de cómo se ve el vaso: medio lleno, medio vacío. Cada cosa llega en el justo momento, nunca en las vísperas.

Me fastidia envejecer, cuando me doy cuenta de que no concreté todo lo que me había propuesto. Más sabiendo que tuve la posibilidad. Eso me da mas bronca (Testimonio de Carlos, 32 años, empleado).
Sé que estoy envejeciendo bien. Me miro al espejo y estoy conforme conmigo. Sé que he hecho cosas y me faltan cosas por hacer. Lo que no hice ya está. La cuestión es vivir a pleno cada momento. Diría que estoy envejeciendo con dignidad (Testimonio de Luís, 45 años, abogado).

La vejez se va anunciando desde ciertas manifestaciones que asoman lentamente. Pocos se animan a reconocer sus anuncios. A menudo, el descubrimiento trae aparejada la crisis con el concebido temor a dejar de ser deseado o ya no obtener el éxito.
Un buen envejecer no sólo es la ausencia de arrugas, sino también asumir una madurez donde la persona se sienta realizada y feliz. Se trata, ni más ni menos, de vivir sintiéndose bien con uno mismo en comunicación con los demás.

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