Gerontología - Universidad Maimónides

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En busca de la eternidad

Ahora que la expectativa de vida se ha extendido, algunos científicos especulan con la idea de modificar el momento en que el organismo comienza a envejecer

La Nación Revista
Domingo 2 de abril de 2006

La muerte es inherente a la vida. O, al menos, lo ha sido hasta ahora. Los humanos envejecemos y, desde el principio de la madurez, el organismo experimenta cambios irreversibles: los músculos se debilitan progresivamente y las funciones cognitivas comienzan a declinar.
A diferencia de otras épocas, hoy las personas se mantienen saludables durante más tiempo. Se está retrasando el momento en el que la salud comienza a fallar y, desde hace algunos años, los científicos se preguntan sobre la posibilidad de "posponer" la muerte, incluso... indefinidamente.
Hasta hace pocas décadas, un niño estadounidense nacido en 1970 tenía una expectativa de vida de 70,8 años. En 2000, ese número se extendió a 77. Buena parte de las razones del cambio se deben a una mejor nutrición y a una serie de avances médicos que permiten a los mortales (especialmente en los países desarrollados) prevenir y resolver problemas de salud como nunca antes se había logrado.
Sin embargo, una vejez saludable implica mantener las funciones físicas y mentales. Los cambios no patológicos relacionados con la edad que se producen en el cerebro, los músculos, las articulaciones, el sistema inmunológico, los pulmones y el corazón deben minimizarse. Esos cambios se denominan "senectud".
Las últimas investigaciones señalan que el ejercicio mental y físico ayuda a detener el deterioro. Pero el enfoque de Aubrey de Grey, de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, es mucho más radical. De Grey está a favor de intervenir directamente para reparar los cambios que el envejecimiento causa en el cuerpo, algo que llama "estrategias para modificar la senectud insignificante".
Piensa, además, que si los humanos adultos pueden ser "reparados" durante 30 años, la ciencia se desarrollará lo suficiente como para lograr que esas reparaciones sean más efectivas, postergando la muerte indefinidamente.
Estas ideas, más teóricas que experimentales, fueron recibidas con desdén por los investigadores que trabajan en el desarrollo de esos equipos de reparación. Steven Austad, un gerontólogo de la Universidad de Texas, advierte que faltan años para desarrollar esas terapias e incluso llega a dudar de su concreción.
No todo es tan sencillo como parece. Algunas experiencias ya realizadas lo demuestran: los ratones sometidos a dietas de bajas calorías viven más que sus pares más gordos, pero también son menos fértiles o directamente estériles. Del mismo modo, los humanos que desean prolongar su vida y procrear, posiblemente prefieran esperar hasta dejar atrás sus años fértiles para embarcarse en esa dieta. No obstante, ya habrán acumulado daños relacionados con la edad.
Nadie sabe exactamente por qué una dieta baja en calorías extiende la vida de los ratones, pero algunos investigadores creen que se relaciona con la velocidad de la división celular. Hay un número máximo de veces en que puede dividirse una célula humana –unas 50– antes de morir. Esto se debe a que los extremos de los cromosomas se acortan cada vez que la célula se "parte".
Los biólogos celulares encabezados por Judith Campisi, en el Lawrence Berkeley National Laboratory, de California están dedicados a crear un ratón cuyas células que ya no se dividen no tengan la capacidad de acumularse. Así, podrían demostrar si es posible evitar el envejecimiento.
Otras teorías
"La gente mayor con una gran interac-ción social permanece más joven", afirma John Rowe, profesor de medicina geriátrica en la Escuela de Medicina Mount Sinai, de Nueva York.
Las investigaciones demuestran que las personas con apoyo emocional tienen un desempeño físico mayor y presentan niveles menores de hormonas asociadas al estrés que la gente aislada.
Teresa Seeman, de la Universidad de California, revela que la carga alostática –el acumulativo costo fisiológico que paga el cuerpo– predice la expectativa de vida. Descubrió que los ancianos con altos grados de contacto social tenían cargas alostáticas menores.
Así, parece que la muerte puede postergarse por diversos medios, y que también puede prolongarse una vejez saludable. Aún queda por ver si la muerte seguirá siendo la consecuencia última de la aventura de envejecer.

The Economist/LA NACION
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/793368